LA FAMILIA DEL TAMBOR. Fueron los abuelos de la familia los que marcaron el amor por el tambor y la Semana Santa que todavía hoy perdura. Vivir estos días en el pueblo es practicamente obligatorio.
Cuando Eva Laborda Robres tenía cinco años quería otro tambor que no fuera el suyo. Quería y pedía uno que sonara como el de su primo mayor porque con el suyo, el que todavía hoy se guarda en casa para cuando lleguen los nietos, no se podía redoblar. Empezó a tocar de tan pequeña que antes de llegar a la Primaria ya sabía que su ejecución infantil aún tenía mucho margen de mejora. En una familia como la suya, asidua de la Semana Santa, cualquier otra opción que no fuera tocar nunca se ha contemplado.
Durante la conversación previa a la redacción de este reportaje las caras de extrañeza se daban en torno a la mesa. Entre todas las preguntas que se les podría haber hecho sobre como viven la Semana Santa en la casa de los Laborda Robres -Merche y Jesús, los padres, y Jorge y Eva los hijos- la de «¿alguna vez habéis pensado en pasar un Jueves Santo fuera?», no entraba en las quinielas. «Pero, ¿dónde podríamos estar mejor que aquí?», replica Jesús. La suya es una de las casas en las que la Semana Santa está tan arraigada que forma parte de su identidad, no se concibe otra cosa, nunca se ha hecho de otra manera. Son los abuelos, los de ambas partes, los que en su día implicaron e inculcaron a la familia en la tradición. Eso sí, de cada una de las partes llegan historias y formas de vivir los días más intensos del año de formas diferentes.
De la familia paterna el abuelo Jesús Laborda, fue uno de los primeros en tener un puesto fijo para sacar la peana de la Virgen de las Angustias. El primero en el palo de la derecha, que luego paso a su hijo Jesús y a los nietos. Durante unos años Jorge y su padre compartieron peso. A partir de 2021 cuando la espalda del uno ya no podía con el peso y el otro no podía estar presente por compromisos laborales, fue Eva la que asumió el puesto siendo la primera mujer en sacar a virgen hijarana a hombros.
Jesús Laborda (abuelo), primero por la izquierda, fue uno de los primeros en sacar a procesionar a la Virgen./ CEDIDA
La familia al completo, incluido el abuelo Jesús Laborda, frente a la peana de las Angustias que siempre les ha acompañado. / CEDIDA
Del otro abuelo, Pascual Robres, que tocaba el tambor con virtud, llega el sentimiento que comparten sus nietos. Tanto es así que el tambor que él usaba es el que Eva reserva para las ocasiones especiales -su hermano y su padre son de los que prefieren un bombo de grandes dimensiones-. El tambor del abuelo Pascual solo sale a la luz en dos ocasiones para participar en Tamborixar y en la procesión de la Soledad. «Son momentos especiales y es cuando se que no le va a pasar nada, es muy importante conservarlo», reconoce la hijarana. Como cuestión excepcional, este 2026 serán tres, la primera de ellas, para posar en la foto que ilustra este reportaje.No solo es el instrumento, en casa de los Laborda Robres tocar el tambor es una cuestión que no se desvincula. No se entiende la Semana Santa sin el toque. Los dos hermanos han participado desde que tienen la edad correspondiente en Tamborixar, aunque Jorge lleva varios años sin poder concursar por motivos laborales, Eva siempre está presente con su cuadrilla ‘El Encuentro’. «Los ensayos son los viernes a última hora, empezamos después de Navidad hasta Domingo de Ramos, siempre ha sido así, desde que somos niños», relatan. También el padre, Jesús, participó durante muchas ediciones «desde el principio y hasta que nació Jorge, en 1996», recuerda y la conversación desemboca en un recuento de quien ha conseguido más veces el triunfo. El resultado es un empate entre el progenitor y los dos hijos con un par de victorias para cada uno. Con la esperanza de, este domingo, decantar la balanza hacia los jóvenes.
Jesús Laborda procesionando con sus dos hijos. El tambor siempre fue requisito imprescindible para la familia. / CEDIDA
Donde sí que volverán a compartir espacio será en la noche del Jueves Santo para Romper la Hora. «Ahora ya cada uno se va con sus amigos, pero cada uno tiene su lugar para cada año, siempre procuramos estar cerca de mi padre para poder tocar un rato juntos», explica Eva que reconoce que cada año, se sigue poniendo nerviosa. Los otros dos reconocen que, aunque no sufren de estos nervios, la emoción está a flor de piel. «Nervioso no me pongo, pero a mí todos los años se me pone la carne de gallina cuando empezamos a tocar», añade el padre.Aunque ahora cada uno tiene su espacio, hubo un tiempo en el que todos iban juntos. «El problema no era que fueran con su padre a romper la hora el problema es que luego no había quien los llevara a dormir. Su padre tenía que venir y decirles que también se iba a dormir porque si no, no había manera de convencerles. Ellos querían seguir en la calle», explica la madre.Esta última, como muchas otras madres hijaranas, no participa activamente de la Semana Santa, pero tiene un papel fundamental en conseguir que la familia no entre en colapso antes del Jueves Santo. Túnicas listas, bajos arreglados y cámara en mano todos los días para conseguir que todo quede bien capturado.
Fuente : www.lacomarca.net
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