A este santo se le conoce como San Antonio Abad, San Antón, Antonio el Ermitaño, San Antonio Magno o San Antonio de enero, para distinguirlo de San Antonio de Padua, cuya fiesta se celebra en junio.
Conocemos su vida gracias a los escritos de San Atanasio, obispo de Alejandría y discípulo suyo. Su “Vida de san Antonio” fue una de las obras más leídas de la antigüedad cristiana. El relato se popularizó sobre todo gracias a “La leyenda dorada” de Jacobo de la Vorágine en el siglo XIII.
Nació en Coma, en la orilla izquierda del Nilo, en el Egipto central hacia el 250. Era hijo de padres patricios, pero de joven abandonó sus riquezas y se retiró al desierto, donde vivió entregado a la oración, la penitencia y las más rigurosas mortificaciones. Allí sufrió terribles tentaciones del diablo y supo afrontarlas con tal entereza que su fama de santidad se extendió rápidamente. Se le empezaron a unir tantos discípulos que se vio obligado a organizar un cenobio, por lo que se le considera el representante por antonomasia del ascetismo y padre del movimiento cenobítico, aunque no llegara a fundar ninguna orden.
Realizó algunas salidas de su retiro a Alejandría, por ejemplo en 311 para ir a animar a los cristianos perseguidos, y en 325 para combatir a los arrianos. Finalmente se estableció en Colztum, en un lugar totalmente aislado, donde protagonizó varios hechos milagrosos relacionados con los animales.
Al final casi de su existencia se acercó a visitar a Pablo el Ermitaño, a quien cada día un cuervo le suministraba un pan. Pero el día que llegó Antonio, el cuervo les suministró dos panes en lugar de uno. Cuando Pablo el Ermitaño murió, Antonio le enterró con la ayuda de dos leones.
San Antonio murió en el 356 a la edad de 105 años.
LA DIFUSIÓN DE SU CULTO EN ÉPOCA MEDIEVAL Y LA FUNDACIÓN DE LOS ANTONIANOS
Por su vida, llena de prodigios y de luchas contra el demonio, San Antón se convirtió muy pronto en uno de los santos más populares de la Antigüedad.
Sus restos reposan actualmente en Saint Julien D’ Arlés. Sus reliquias habían sido trasladadas a Francia a mediados del siglo XI y desde entonces su fiesta se celebra el 17 de enero.
En Francia fue fundada la orden de los canónigos agustinianos Hospitalarios de San Antón, conocidos como Antonianos, que llegaron a España en el siglo XII y se instalaron a lo largo del Camino de Santiago. Llevaban hábito negro y se identificaban con una Tau azul en la zona pectoral. En sus hospitales, a las afueras de las ciudades, atendían y cuidaban a los enfermos con dolencias contagiosas: peste, lepra, sarna, venéreas y sobre todo, ergotismo, conocido como Fuego Sagrado, Fuego del Infierno o Fuego de San Antonio.
EL FUEGO DE SAN ANTÓN
Los habitantes de la Europa central, consumidores habituales de pan de centeno, eran atacados de forma endémica por el Fuego de San Antón. Del Fuego de san Antón se decía que «atormentados por dolores atroces, los apestados lloraban en templos y plazas públicas buscando consuelo a la dolorosa enfermedad que les corroía pies y manos».
A fin de obtener una cura milagrosa acudían en peregrinación hacia Compostela, alojándose en los hospitales de los antonianos. Les pedían que mitigasen el dolor de sus extremidades gangrenadas, tocándolas con la punta de su báculo en forma de tau y éstos repartían entre los peregrinos enfermos, pan de trigo manipulado con ciertos rituales. Y así, la enfermedad iba mejorando hasta que, al llegar a Santiago, muchos habían sanado por completo. A veces, tras regresar a su país de origen, el mal reaparecía. Sin duda era el castigo de alguna nueva culpa contraída y era necesario un nuevo peregrinaje que asegura otra infalible curación.
Hoy sabemos que la enfermedad estaba causada por el consumo prolongado de pan de centeno contaminado por el hongo cornezuelo.
La enfermedad empezaba con una quemazón aguda, intensa y repentina en las extremidades. Muchas víctimas lograban sobrevivir pero quedaban mutiladas y podían llegar a perder todas sus extremidades por causa de la gangrena.
Canecillo de la Iglesia de Javierrelatre. Foto A. García Omedes
Canecillo de la Iglesia de Javierrelatre. Foto A. García Omedes
Antonio García Omedes reseña la huella dejada por esta aterradora peste en algunos canecillos de templos románicos del Alto Aragón, como este Javierrelatre, en el que un demonio devora el pie de un desdichado, aludiendo con ello al tremendo dolor que causaría la gangrena del miembro.
SAN ANTONIO Y SU CERDITO
Los monjes de san Antón vivían principalmente de las limosnas. Para asegurar la subsistencia de sus hospitales, se dispuso que los religiosos criaran cerdos que vagabundeaban libremente por las calles, y eran respetados y mantenidos por la caridad pública. A estos lechones se les colgaba una campanilla al cuello o a la oreja para que todos los identificaran. Su carne se destinaba a los hospitales o se vendía para recaudar dinero para la atención de los enfermos.
Es probable que, debido a esta ocupación de los antonianos, se pusieran bajo la protección de San Antonio primero los cerdos, y luego, por extensión, todos los animales domésticos.
ICONOGRAFÍA DE SAN ANTÓN
San Antón se representa como un anciano, pues vivió 105 años. Lleva larga barba (ya se sabe el dicho: “si sale con barba, San Antón y si no, la Purísima Concepción”).
A veces está apoyado en un bastón. Lleva un libro que hace referencia a la sabiduría de este Abad, “Padre Espiritual” de una de las principales corrientes monacales cristianas. Viste un hábito largo, con capa de color negro y con capuchón, portando el símbolo «Tau» de color azul. Este emblema estaba inspirado en los enfermos del “Fuego de San Antón”, y simbolizaba la muleta de un lisiado.
Se representa habitualmente con un cerdo que lleva una campanilla atada al cuello. Esta campanita hacer referencia a los cerditos que criaba los antonianos para sostenimiento de sus hospitales.
A veces el santo también lleva una campana en la mano, como los demandaderos que pedían para los hospitales de San Antón.
Fuente : Museo diocesano.
No hay comentarios:
Publicar un comentario