jueves, 24 de noviembre de 2016

LLUEVE . Autora : Maruja Collados.


Llueve.  Ha llovido.  Llueve.  Día tras día, el cielo ha amanecido gris, gris plomizo que es como un presagio.  Y las nubes se han abierto y ha comenzado a caer el agua suave, constante, infiltrándose en el campo resquebrajado por la sequia.  Después fuertemente, con ímpetu de elemento, azotando la tierra en enorme catarata.  Y la hierba mustía y amarilla ha querido erguirse en un aletear de vida.  Largos meses de sequia hicieron que, entre los campesinos, la palabra “ tiempo “ fuera punto obligatorio de cualquier conversación.  Es extraño que a los accidentes del clima se le llame “ tiempo “.  Esta denominación nos dice que el concepto metafísico del tiempo, lo queremos convertir en agente físico.  

Es decir que el tiempo queremos que pase de lo abstracto a lo concreto y que nos era solo tiempo sino bueno o malo.  Como si el tiempo no fuera el factor decisivo de nuestra vida, el que nos empuja hacia delante de manera irremediable.  El reloj, inflexible, marcando los minutos y las horas, sigue su marcha indiferente al clima, viviendo ante nuestros ojos, en un estado de eternidad insensible al hielo, a la lluvia, al sol.  Los hombres, por no querer enfrentarnos francamente con el tiempo, nos pasamos la vida mirando el espacio para engañarnos a nosotros mismos en el clima. 

La palabra clima ha adquirido en nuestros días un gran uso.  Clima moral.  Clima social. Clima estético.  En el fondo también, como preocupación eterna de los hombres que ven como el tiempo se les escapa de entre las manos, sin que haya modo humano de retenerlo.  Pero lo cierto es que ha llovido.  Durante mucho tiempo ha habido un deseo unánime de lluvia.  La tragedia de la secula no solo gravitaba sobre el campo, sino también sobre la ciudad.  La atmósfera estaba enrarecida, sucia.  Y se repite alegremente el agua.  Pero el que no ha estado en el campo, no puede saber lo que representa la lluvia después de una larga sequia.  Los hombres contemplan el agua como si se tratara de un milagro.  Quiza nunca entendamos mejor el concepto de lo que es una bendición de Dios.  Cuando un campesino dice que un trigal es una bendición, comprendemos enseguida el valor teologico de la frase.  En las ciudades se mira poco al cielo.  El campesino si.  Como lo fía todo del cielo, pasa la vida con la cabeza erguida y los ojos fijos en lo alto.  De ahí esa emoción de la lluvia en los pueblos, cuando se borran los confines y la buena tierra se empapa.

Hace años, las ancas de las mulas, lustrosas y charoladas, daban un negro profundo.  Y también esa manta raida y gris del pastor, inmóvil sobre una piedra, como si necesitase del agua para reverdecer y fructificar.  En estos días húmedos, las torres vigilantes de los pueblos no pueden alcanzar las lejanías y el verde de las campanas se humedece de agua que afinara su voz cuando llamen a la iglesia.  ¡ Claridad de una campana pueblerina en una mañana de lluvia ¡.  En la ciudad, en cambio, la lluvia nos sume en una penetrante tristeza.  Es lo que los de aquí llamamos “ mal tiempo “.  A veces, desde nuestra ventana, divisamos unos tiestos en un balcón, unas acacias al borde de una acera y comprendemos el bien de la lluvia.  Porque lo otro que nos ofrece la ciudad es el fango, el bosque, los paraguas que flotan en el aire, los autobuses atestados y chorreantes, las claras lunas de cristal empañadas, los portales con esos transeúntes esperanzados que aguardan a que la lluvia cese para seguir caminando.  La naturaleza es implacable cuando mete su clima en la ciudad.

Yo en esta tarde gris, me he sentido como prisionera entre el asfalto y el cemento.  Se que mi querido amigo Manuel, paseara despacio por la cinta brillante de la carretera, al borde de sus campos, dejando que la lluvia le empape poco a poco.  Porque le gusta sentirla caer sobre su sombrero y resbalar luego en hilillos delgados que se incrustan con humedad profunda, entre los pliegues de su zamarra.

 El caer la lluvia me ha puesto triste.  Es la nostalgia de aquellos días, en que era un placer sumergirse con la lluvia en pleno campo.  El barro pasaba en los zapatos, y a la caída de la tarde, ya de vuelta,  había que poner la ropa bajo la campana de la chimenea para secarse.  Aquella lluvia era de plata.  Con ella habría pan todo el año.  Los campesinos iban entrando en la cocina en tanto que el agua escurría de sus abarcas.  Era tan mansa que no se le oía caer.  Habian traido leña mojada que tardaba en arder.  Y, de tiempo en tiempo, se miraba a la calle para convencerse, de que seguía lloviendo.  Esto si que era sentir el tiempo entre nosotros.  Y mas tarde, en la noche, no era el reloj el que nos marcaba el paso inexorablemente de los segundos, sino una gota de agua desprendida del canalón que iba marcando el tiempo, el buen tiempo para el campo.

Lluvia que agranda la semilla en un germinar seguro, que fertiliza la tierra, que la oscurece.  Alegría en el corazón.


Autora :  Maruja Collados.

1 comentario:

El Calandino dijo...

Sentirse del campo, es todo lo explicado, tu querido Manuel si, habrá paseado por sus campos y torre y después de un buen desayuno, habrá seguido mirando al cielo viendo como cae la lluvia.
Gracias Maruja, por explicarnos lo que todos sabemos, pero con palabras.