domingo, 26 de junio de 2016

UN HILO EN MIS RECUERDOS . Autora : Maruja Collados .


Siempre llevamos con nosotros, pasen los años que pasen, un paisaje, el de nuestra infancia.  Es un paisaje de ternura y recuerdos.  Naci en un pueblo y consumí mis primeras emociones frente a ingenuas acacias, mientras sonaban las campanas de las iglesias y el vuelo del vencejo al atardecer.  En mi antigua casa hay unos balcones marchitos de identicas primaveras.  Ante ellos pasaban, todos los años las procesiones y a las siete de la mañana, todos los dias, el vendedor de agua del Valdoria, del vecino pueblo de Albalate del Arzobispo.

En la continuidad anónima de la vida pueblerina reside una entrañable honradez de delicada belleza.  En las calles antiguas, Santa Rosa, Calle Mayor, Estrecha ( la mia enternecida de recuerdos ), Cuesta del Olmo, San Antón ( de noche ), con amor brujo y luna nómada, viejo gueto judio perfumado de gracia cristiana. )

Tres simbolos permanentes de mi pueblo, calles estrechas y en cuesta, el silencio y el minúsculo río Martin .

El río Martin, sinuoso y diminuto, de breves aguas floridas, de romances y de estrellas medievales.  Tropiezan las aguas con un cañar antiguo, árboles añosos y las piedras desgastadas del viejo puente que aún no ha podido llevarse ninguna riada.  Muy cerca, en una orilla, el viejo molino de aceite de Isidoro Mallor, que aún hoy resiste, pero que algun día tambien se lo llevara la crecida.  Enfrente la harinera que , a la rueda rueda , le canta amor a alguna molinera blanca y enharinada como la luna.  No sé.  Pero a Dios le pido que un mal invierno no se la lleve el río.

El Martes Santo, por la noche, el encuentro del Nazareno con su Madre, que desfila por la plaza entre el sollozo de las gentes, ateridas de lástima traspasada de angustía.  Los cánticos semanasanteros sobre la muchedumbre llorosa son una teoria de lágrimas luminosas, estrellas en loor de la Dolorosa.  Yo he visto, sobre el rio, desde lo alto del pueblo, las luces oscilantes en movimientos paralelos, como una estrofa gregoriana.  Y he visto el temblor cósmico de la noche y las rosas frias de luna y las desnudas almas sometidas a la lucha entre el impetu y la fuga, drama barroco de las gentes de mi tierra.

Asi es mi pueblo. Piedras viejas contra las que no puede la naturaleza, porque en ellas reside el espiritu.  Montes como el Calvario o el Carmen, que se condecoran con ingenua y simple gracia vegetal.  Todo ocupa su sitio en la Creación y conspira a la mayor gloria de Dios.  El gran espiritu católico de esta antiquisima villa aprisiona el espacio, lo somete, lo parcela, lo doma y , por último, le devuelve su libertad, cuando la fuerza original de la naturaleza se ha convertido, por obra y gracia del Espiritu Santo, en precisión, proporción y medida.

Y por fin, el silencio.  Suena el reloj de la Iglesia y suenan las campanas de San Valero.  Y son, precisamente, esas campanadas las que crean el silencio.  El reloj de la iglesia nos dice que todo esta sujeto a orden y mesura que hasta lo más anarquico y mudable, que es el tiempo, abedece a una ley, a un ritmo, a una armonía.  Cuando se oyen las campanas que anuncian las horas unos, acaso, dirán : " el tiempo pasa, todo se destruye y perece ".  Otros " el tiempo lleva su yugo con paciencia, obedece sus leyes, cumple con su deber ".

Por el laberinto de calles que llevan a Santa María, por la Cuesta de la Iglesia, se encuentra siempre perdido el silencio.  Es el silencio la autentica poesía porque la poesia es esto y nada más que esto, callar los nombres directos de las cosas y hacer que sus pesquisas se truequen en delicioso enigma.  Y entonces el silencio es una fuga inevitable de nostalgia.

Hijar, pueblo silencioso, pueblo sin prisa.  La gente corre y se atropella en la ciudad.  Y asi van, sin saber a donde, sin tiempo que perder ni alma que ganar.  Estos hombres sobrios y duros de mi pueblo piensan : para que correr tras nada si todo da igual, si no merece la pena sacrificar el ritmo por una felicidad temporal.

Y suena entonces el Angelus en todas las campanas.  Tiembla el lucero más presuroso sobre la plaza de la Villa.  Y las campanas de Santa María llaman con voz de noche " laeti vibamus sobriam ebriataem spiritus " esa sobria enbriaguez del espiritu, ese temblor del cielo que es , a la par que gran universidad de contemplación, la más grande escuela de artes y oficios.



Autora  :   Maruja Collados .

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