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domingo, 25 de enero de 2026

EL SOPORTE DEL LENGUAJE ESCRITO 1. Autor : Enrique Garralaga Robres.


Los hombres inventaron los lenguajes orales para poder comunicarse unos con otros. Posteriormente inventaron el lenguaje escrito, para que así fuera posible comunicar sus ideas a personas que no están presentes, o que incluso se encuentran muy lejanas; también sirve para poder transmitir pensamientos, mensajes, historias, etc, a personas que vivirán en tiempos futuros.

El lenguaje escrito necesita de un medio material que le sirva como soporte de la información que se quiere transmitir. El más reciente es el soporte informático, que almacena la información en memorias electrónicas, que se pueden leer con ordenadores u otros dispositivos. Si volvemos la vista atrás, hasta hace solo unos pocos decenios, inmediatamente nos viene a la mente la imagen de los libros.

El papel ha sido en los últimos siglos el soporte ideal de la escritura. La tinta se adhiere al papel con facilidad. Un libro es un conjunto de hojas de papel que han sido cortadas, impresas con tinta y encuadernadas dentro de sus correspondientes tapas. Forman así un instrumento muy práctico y fácil de manejar. Además, el papel no es fácilmente biodegradable, por lo que la información que contienen los libros puede durar siglos y siglos.


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La Biblia se divide en Antiguo y Nuevo Testamento. El Antiguo Testamento consta de 49 libros, y el Nuevo de 27. Pero aquí hay algo que no concuerda: todos estos “Libros” estaban ya escritos y terminados a principios del siglo II d.C. (después de Cristo); o sea, hace ahora unos 1.900 años. Pero resulta que la imprenta, y por consiguiente, también los libros, los inventó Gutenberg hacia el año 1450 d.C. (después de Cristo); o sea, hace menos de 600 años.

La explicación de esta aparente contradicción es sencilla: hace unos 1.900 años se les llamaba “Libros” a algo que, sin embargo, no eran libros en el sentido actual de esta palabra, sino que en realidad eran rollos de papiro. Muchos siglos después, cuando se inventó la imprenta, la información que contenían estos rollos de papiro, o algunos pergaminos, se trasladó, copiándola, a los “libros de papel”, que son el soporte habitual en el que nos han llegado a nosotros los textos bíblicos.

Volvamos a los papiros. Los papiros son láminas vegetales que se obtienen del tallo de una planta del mismo nombre, que crece abundantemente a orillas del río Nilo. Son famosos los papiros que ya usaban los egipcios desde hace unos 4.500 años, gracias a los cuales nos ha llegado mucha información sobre esta antigua y famosa civilización.

Cuando se comenzó a redactar el Antiguo Testamento (hacia el año 600 a.C.), los israelitas estaban muy lejos de Egipto; sin embargo, tenían cerca una antigua ciudad fenicia en cuyos alrededores crecían papiros de muy buena calidad. Esa ciudad, cuyas ruinas aún existen, todavía se sigue llamando “Biblos”. Fue el nombre de esta ciudad el que dio origen a la palabra “Biblia”.


Byblos, la ciudad más antigua de Líbano | Viajero Crónico

Las ruinas de la antigua ciudad de Biblos


Los papiros que contenían las narraciones de la Biblia y de los Evangelios se pegaban unos a otros, formando una larga hoja continua, parecida a una “sábana”, que se enrollaba en unos cilindros de madera llamados “umbiliccus”, como se ve en la imagen siguiente. A cada uno de estos rollos, en aquellos tiempos se les dio el nombre de “Libros”, Evidentemente, a pesar de tener el mismo nombre, estos “Libros” antiguos ni eran de papel, ni tenían el mismo aspecto que los actuales.






En tiempos antiguos eran poquísimas las personas que sabían leer y escribir. Por ello, para transmitir a los fieles la palabra de Dios, en las celebraciones litúrgicas, el sacerdote cristiano, o en su caso el Rabino judío, buscaba en un baúl el “libro” de la Biblia que quería leerles; es decir, el rollo correspondiente. Mientras lo leía, lo tenía que ir desenrollando, y a continuación lo volvía a enrollar. Como el papiro es mucho menos resistente que el papel, con tanto desenrollarlo y volverlo a enrollar, acababa pronto por agrietarse y resquebrajarse, volviéndose parcialmente ilegible, como se ve en la imagen siguiente, que es la de un rollo de papiro, ya bastante deteriorado por su prolongado uso.


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Por esta causa, cada cierto tiempo (no muy largo, quizá unos pocos años como máximo), un “escriba” (una de las pocas personas que sabía escribir) tenía que volver a hacer otra copia de cada uno de los rollos, en un papiro nuevo.


►Para los historiadores, esto plantea un problema muy importante: Lo que está escrito en los libros de papel, permanece inalterado durante siglos, sin ningún problema; pero no ocurre lo mismo con las escrituras en papiro.

Si tenemos en cuenta que, dentro de un solo siglo, se tuvieron que sacar bastantes copias de un mismo rollo, las cuales además ya eran copias de copias anteriores, que a su vez habían sido copiadas de otras más antiguas… etc, resulta que, con el paso del tiempo, a lo largo de muchos siglos, se hicieron centenares de copias consecutivas de un mismo texto. Por esa razón, es muy dudoso que las copias que nos han llegado hasta nuestros días sean exactamente iguales que las originales, que fueron escritas hace miles de años.

De hecho, los historiadores tienen pruebas consistentes de que no pocos copistas cometieron errores involuntarios al hacer sus copias. Pero incluso algunas veces, lo hicieron de manera intencionada, lo que es más grave. Volveremos a tratar de este asunto en relación con los Evangelios (parte II de este artículo).



Autor : Enrique Garralaga Robres.




NOTA : Los próximos domingos 1 y 8 de febrero, publicaremos la segunda y tercera parte del articulo.


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